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Los huecos rellenos de plomo
hondean abrazos de níquel.
Las margaritas fluorescentes florecieron
en tu pubis como ranas acrobáticas
que buscan el consuelo de un dios
vestido de seda.
Todos amábamos el desastre que desataba mientras
se sentaba con su minifalda azul.
Todos éramos esclavos de la hidra
desmesurada, de su labio inferior
tiritando.

Reman los otoños hacia su ocaso.
Tengo frío y tú en bikini.
Ya volverá todo, tiene que volver
despojado por la inercia tus miradas,
tus oscuras melodías.
C´est la vie mon amour…
Y martillean los humeantes latidos
y la voz rota que llora desde el otro lado de la ventana
me grita: Huye de ti mismo.
Pero es demasiado tarde como para que
tengas abierta el alma y me dejes salir.

Bajo el chaparrón
en blanco y negro,
con un beso como cortinilla,
un roce como punto y final.
Acaricia este infierno mío de azaleas,
besa la estúpida utopía
a la que me entrego sin coartada.
Besa la herida que has dejado
si tanto te enorgulleces de ella.
Bajo el chaparrón me otoñabas.
Bajo el chaparrón te fuiste con las maletas
sobre un taxi espectral.
Como quien ha robado los muebles ancestrales
del templo donde guardaba lo que soy.

Aquel otoño te rompía las guirnaldas.
Solo quería bailar para ti…
Que fueras su musa por un rato
y luego la primavera se haría
ascuas… en tu pubis.
Ya no somos nada ni siquiera divagar.
Ya no queda más que el envejecer de las estatuas,
seré el milenario martillear que te sostiene
ya lo verás
cuando nadie quiera
hacerlo… ya lo verás.

Vienes mientras canta para mí
el delfín anestesiado de la luna.
Vienes y en la humareda, en el
prístino amanecer alicaído
te vuelves a reír con mi locura.
Maldita risa… Haces que todo vuelva a tener sentido
y eso que solo quise olvidar.
Ni olvido quisiste ser para mí.
Solo muerte.
Solo matas y eres consciente de ello
y te divierte tenerme enredado
y que me muera por ti.
Si tú supieras que algún día
el viento cambiará
y yo estaré ya
demasiado lejos
bajo tierra
o muy alto
quizás
pero lejos
Tengo la urgencia de los labios en espera
en el cajero de la melancolía,
el sexo de los dioses sobre un papel mojado.
Tengo urgencia de tu dulce matarme.
Tengo nostalgia de tu invierno, tus pearcings,
tu luna, tu flequillo, tengo urgencia de morderte.
Pero llegó adormecida esa tristeza que los poetas
creen conocer, asidua en las estaciones,
robustas como Cadillacs sin espejos.
Tengo la urgencia de peatones sin vida,
el triste sonido de pasos que entona el himno del proletariado.
La melancolía de esta luna mal peinada.
Tengo urgencia de olvidar lo que no olvido,
de darte un beso atronador,
de que juegues conmigo
como si no mereciese tener conciencia.

Tan fácil como que los poetas no
se merecen a las musas tú acudes a la duda,
sé que sabes que me muero y sé que sabes
que las catedrales, los poemas, las lunas
significan nada sin tu «sí».
Sé que sabes que noviembre me espera
y que me gusta acurrucarme en mi nostalgia
como en la tuya te desnudas tú,
por eso envidio tu nostalgia, por eso envidio
a tus espejos, por eso los míos se mueren de asco
cuando me ven cagar.

Observa la lombriz, sé que te seduce el vaivén de la cola
cercenada, su absurda vida post mortem,
que te distrae y te absorbe,
igual que las lagartijas.
Yo en cambio quiero que mires ahora la cabeza,
ensangrentada y mustia donde moran las ideas,
escurridizas y banales,
pero ideas
a las que nadie presta atención.

Quiero no ser nunca más la nada en ti.
Que no te dediques a buscar el agua
que yo de ríos y manantiales tengo llena la barba.
Quiero ser el que te da de beber y te emborracha
cuando la noche se espesa y el frío hace mella
en tu cuerpo de botellón absurdamente
tierno.


Mi voz es el crujir de un nicho,
el eco del esperma.
Sé que mil veces que hable
el reguero de tinta supurará
(algunas heridas de vida, otras mortales de necesidad)
palabras sin aire,
quebrados huesos que sostienen un cerebro con cables
de plomo alimentado por las vísceras de la soledad.
Palabra profética de la memoria enterrada,
palabra enredada en mi barba de alambre,
en los juguetes de mi infancia,
en mi triste renquear por las ojeras.
Aprendimos la gravedad mientras me olvidabas.
a ti te gustaba aquella noche etílica y rala,
el vaho de las ventanas de hotel.
Aprendimos la gravedad como piedras
arrancadas de la mano infantil,
como lenguas pegadas con sal.
Aquella «noctofilia» tuya o el simple miedo
a que amaneciera y yo siguiese allí,
tú y yo sabemos que solo soy
lo que se oculta tras mi barba,
quizás ni eso aunque alquilar identidades
tampoco fue nunca mi oficio.
Aquella noche te amaba más que yo,
era evidente que tú y ella bailabais
contra el epicentro del sexo,
tú y ella nunca quisisteis agarraros
a la barba de un poeta y amanecer donde fuera.
La tristeza es llegar
a la siguiente farola y que a nadie le importe,
supongo que esa es la vida:
almacenar luces.
También supongo que esas luces
nunca fueron sino la excusa
que nos puso
el destino para apagar las vergüenzas,
vivir es romper las farolas y superar las fobias,
una a una, cada día un poco más cerca del sudor
y de tus labios.
La vida es la última bala en la canana, la bala
que decide qué farola apagar,
la bala
que cercena el eco del cementerio mientras
las luces avanzan, una a una,
mientas corres, huyendo de ti mismo.

Esta pupila
llora ceniza de noche cerrada.
Vamos, obsérvala sin miedo,
seguro que no es la primera vez que ves la muerte
viva.
Desnuda.
Axiomática.
Esa muerte que huele a desinfectante
y que sangra espuelas negras
al contacto con la sangre
roja de la vergüenza.
Esa muerte alérgica a si misma
que emana espanto infectado de inocencia.
Esa muerte que muere matando.
Una vida desnuda y fría,
con el vientre negro que se deja follar
y que cuando
excreta su orgasmo atronador
sisea una nana eterna. Tétrica. Estúpida.
Esa muerte sin telón ni espejo,
esa muerte espiritual
que cabe en una sola palabra
aún por inventar y por lo tanto
intangible
como la muerte misma, supurante,
febril, VIVA.
Viva ceniza de un recuerdo que mata
porque se niega a morir,
porque se niega a ser archivado
en la palabra muerte
o en una palabra aun por inventar.
Ceniza de una palabra de llama azul
de mechero,
o de esperma
que mata mientras huye.
Esa muerte de ceniza de Quevedo,
esa muerte,
azul,
de mi memoria.
Todavía ardiendo
de tan muerta.

Entrar a un bar
yo
solo.
Descifro mis latitos
atosigados por el humo,
me duele el pecho
de latir,
entro al fondo y me coloco
en la barra,
primera cerveza,
ritmo normal,
calada tras calada
la terracita
de verano me deja morir
a su merced
sé que quiere matarme
y yo lo quiero también
pero mi soledad
protege mi estirpe,
está metida en mi sangre
e intento que el humo me haga vomitarla
pero no se deja manosear
ni ungir
en cerveza.
Siguiente cerveza,
hablo con gente que no conozco
y que me conocen,
saben de mí,
el borracho de la esquina del bar que
se sienta solo
a fumar.
Tercera cerveza,
mi cabeza convulsiona,
chicas guapas
con las que no llegaré
a cruzar palabra,
eso me agobia a un más,
mi miedo a la felicidad,
aquella chica tenía razón,
me da miedo…
Y entonces caigo de nuevo en mi embudo
desparramado
en espiral
de humo y miseria,
qué bonito que es
un cuerpo ardiendo
a contraluz,
parecen fuegos artificiales,
va,
otra calada,
otra hora de vida,
otra hora que espero que me mate.
otra hora que no tiene tiempo,
es una hora vacía,
una hora que lleno de humo
y que sé que me cobrará el IVA,
16% de masa cancerígena
en el pulmón derecho,
espero que lo haga
o por lo menos que lo intente,
¿Si no de qué fumar tanto?
Sonrío ya sobre mi cama,
vamos, gira, mundo,
seguirán su curso los planetas,
las galaxias cercanas,
vivimos en una galaxia de pueblo,
de periferia,
una galaxia podrida que estalla
en un pulmón,
en una calada
mágica,
una calada
que baila
una danza fúnebre,
espuma torácica
que espero supurar como un animal
abandonado al que le gotea el belfo
de la hambruna.
Sueno triste y necio,
estúpido,
y este latido de nuevo es
un soniquete
que pudre los ventiladores
y evapora su aire.
Que acabe esta balada
Ja ja ja
la risa se deforma,
es una lágrima
sin sexo
equivocada de orificio,
ja ja ja
se juntan su eco
y el zumbido de un corazón acelerado
que quiere cerrar filas,
muerde el polvo
y se arrastra por el pecho
como un gusano
sin cabeza.
Este corazón que no calla
por mucho que yo quiera,
le debo demasiados
favores
como para que se muera
a gusto.
Cabrón.

Tú, sí, tú,
yo poético,
quien quiera que seas,
¿Quién soy?
O se supone que YO soy tú
o tú te embebes en mi sombra.
Sí, hablo conmigo que es contigo
y no existes si yo no me hablo,
¿Y ahora qué?
¿Dejo que te mueras?
¿O me suicido?
¿O te mato?
Abandona mi mano
ensangrentada,
vete al infierno que habito.
¿Cuál es la diferencia entre tú y yo?
probablemente
solo
sea
cierta dosis de alcohol
en vena.

Somos un vaso de fobias
que escancia
su rutina.
Somos la gota que colma
ese vaso,
un parásito sin cáscara ni espejo
cayendo al vacío de una vida
sombreada,
somos totalmente libres, por otro lado,
de elegir nuestra propia celda
en la que flagelarnos,
seres indiferentes al
triste gotear
de esta miseria,
de esta humedad
en el techo
de esta cárcel.
Por lo menos
yo
aun no se convivir
entre estos charcos
de angustia.
